Miré por la ventana. Descendían copos grises de nieve. Titubeando, bajaban lentos, sin saber dónde acabarían. Se desvanecían en silencio al tocar el suelo. El viento susurraba nanas de hielo. En la calle solitaria, la luz de las farolas fracasaba para abrir tajos en la noche, en su inutilidad apenas conseguía dibujar el contorno de las siluetas. Famélicos los arboles de la avenida me parecían tristes. En definitiva, ataba la bolsa de basura, una noche de perros y me apetecía una mierda bajar al contenedor.
Como encargado vitalicio de la retirada de residuos de casa, no tengo que preguntar, ni mirar el tiempo. Me toca siempre. Pedal, desenganchar, sacar, anudar, transportar, pedal, tirar, regresar, una plegaria en movimiento.
Esa noche me atraparon las dudas. Apoyada en el contenedor encontré una tapa de váter. Me preguntaba si un vecino varón, optó por arrancarla y tirarla. Tal vez, le resultaba inaguantable la brasa de la parienta sobre “el subida y el bajada”. O tal vez, fue ella quien decidió desterrarla de casa por un “ya no te lo repito”. Las opciones me parecían un legítimo arrebato libertario. En mi mano, se balanceaba la bolsa indiferente a mis pensamientos. En el primer vistazo, las impresiones se convertían en certidumbres, una tapa flamante de un váter. Si fue un acto de liberación quizá ¿podía ser pactado? La bondad del desacuerdo, el pacto…pero ¿de qué clase? Un pacto para evitar discusiones o un pacto de mejora. Estaba interrogándome sobre la felicidad de una familia, con una bolsa de basura y mirando la tapa anónima de un inodoro. La decisión consensuada me obligó a admitir que la economía estaba despegando. Ustedes saben que es más frecuente cambiar de automóvil que cambiar la tapa del inodoro. No daré argumentos económicos pero analicen y que cada cual se dé sus razones.
Realizar una inversión transcendental, que afecta a la comodidad íntima, descartando un inmovilizado sin aparente desperfecto, me intranquilizaba. Volvía sobre mis pasos, cabizbajo cuando…
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